La naturaleza romántica de nuestra juventud reside en aquel caluroso
círculo de amistad donde mejor se sentía Franz Schubert. Hoy esa generación de europeos
indignados que encarnan lo mejor y que solo se alimentan en la emigración con poemas de un nuevo Winterreise,
inician el paseo helado camino del exilio
a través de un paisaje invernal, gélido y sombrío, tras conocer que su amada
patria les ha rechazado.
No en vano el propio
Arnold Schönberg atribuyó a su experiencia de escuchar los Lieder de Schubert
la comprensión de la relación entre música y texto: “sin conocer el poema había
comprendido el contenido, el contenido real, más fácil y profundamente que si
me hubiera detenido superficialmente en el verdadero pensamiento de las
palabras” (La Relación con el Texto, Der Blaue Reiter). Y prosigue así: “De la
misma manera en que una palabra, una mirada, un gesto, el andar y hasta el
color del pelo bastan para reconocer la manera de ser de un hombre. Así llegué,
en los Lieder de Schubert, a comprender perfectamente su poesía, solamente a
través de la música…, solamente a través del sonido.”
El viajero como mito o prototipo romántico aún conservaba
entonces como ahora la impronta de Ulises, al poseer la esperanza del regreso,
hasta que el sentimiento permanente de sentirse arrancado de cuajo del lugar de
origen apareció de forma clara en el Hyperion de Hölderlin, uno de los poetas
más admirados por Müller: “¡Ay! para el salvaje pecho del hombre no hay patria
alguna posible”.
En la canción final del Winterreise, la evidencia
de la instrumentación no sólo se refleja en la zanfoña de Matthias Loibner,
sino también en la desesperanza, en el vacío, en la lucha interior y en la
sencillez que domina todo el ciclo.
Familiar en términos de melodía y armonía la voz de Nataša Mircovic-De Ro
se nos presenta aún más clara y conmovedora ofreciendo una y otra vez
una brisa de ráfagas de jazz a través de una
Winterreise atrevida, directa y
al mismo tiempo frágil, un acercamiento poético que no puede ser más honesto.
Al fondo cerca quizás de Villafranca del Bierzo se ve a un
viejo zanfonista que con los dedos ateridos gira el manubrio como puede, descalzo sobre el hielo, se tambalea a uno y
otro lado con su platillo siempre vacío, nadie quiere escucharlo, nadie lo
mira, y los perros gruñen a su alrededor. Él se complace con su destino, da
vueltas a su zanfoña que nunca se detiene:
Anciano prodigioso,
¿Puedo irme contigo?
¿Quieres
acompañarme con tu zanfoña mientras yo canto?
Uno de los mejores regalos que nos ha ofrecido este cierre
de año en La menor, la tonalidad de la locura y la desesperación .














